SUDÁN, LA GUERRA QUE NO DEJAN CONTAR





En Sudán también se persigue a quien intenta contar lo que ocurre. A mediados de abril de 2026, al menos siete periodistas continuaban desaparecidos en el país, según el Committee to Protect Journalists (CPJ). La organización describe un periodismo atravesado por asesinatos, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, cierres de medios, amenazas y apagones de comunicación. En octubre de 2025, cuando las Fuerzas de Apoyo Rápido tomaron El Fasher, el CPJ recibió informes de al menos trece periodistas desaparecidos mientras intentaban huir del asedio.
El conflicto se ha vuelto más fácil de ocultar y, por eso mismo, más difícil de juzgar. José Naranjo, periodista freelance especializado en África, resume otra parte del problema: “No hay prácticamente periodistas internacionales cubriendo la guerra de Sudán”. La información llega mediada por beligerantes, activistas, comunicados humanitarios o relatos de la diáspora. Y muchas veces ni siquiera llega. La invisibilización de Sudán no responde solo a un fallo moral del sistema mediático, sino a condiciones materiales extremas: falta de visados, asedios, raptos, tortura, inseguridad y ataques específicos contra periodistas y medios.
Pero la escasa atención no se explica solo por la dificultad para mirar

Abbas Awad, que padece glaucoma, posa para una foto en su casa del pueblo de Qoz Nafisa, en Sudán | Fuente: Associated Press

Fragmentos de metralla encontrados en una zona minada de Jartum, Sudán | Fuente: Associated Press

Abubakr Alsawi, a la derecha, espera durante la exhumación de su hermano Mohammed Alsawi, de 73 años, asesinado en 2023 | Fuente: Associated Press
De acuerdo con Soraya Aybar Laafour, presidenta de África Mundi, existe una jerarquía evidente de los conflictos: “Si no, Sudán estaría en portada y no lo estaría Gaza”. No es una cuestión de competir por el dolor, sino de señalar que la agenda informativa no es neutral y tampoco justa. José Naranjo apunta además a una percepción persistente: en África “siempre pasa lo mismo”. Los conflictos del continente siguen leyéndose como algo crónico, remoto e irresoluble, fuera del centro geopolítico y, por tanto, fuera de prioridad.
Aseel, Hassan y Mohamed lo traducen de otra forma. No hablan de agenda mediática ni de jerarquías geopolíticas. Hablan de sus familias. De cómo esa distancia deshumaniza lo que ocurre y convierte vidas concretas en una violencia vaga, lejana y casi abstracta. Aseel lo resume sin rodeos: “No es que se olvide, es que nos silencian aposta”.
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Universidad Carlos III de Madrid | Doble Grado en Periodismo y Comunicación Audiovisual

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